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El cobre en la arquitectura y su rendimiento ambiental

Nigel Cotton - ECI

Antes de evaluar las credenciales verdes del cobre en la arquitectura, merece la pena recordar lo básico. El cobre es un elemento natural dentro la corteza terrestre y todos los seres vivos han evolucionado con su presencia. De hecho, es un nutriente esencial para las diferentes formas de vida superiores, que se han adaptado para sacar el máximo provecho del cobre, protegiéndose de cualquier efecto negativo. Esto es así, tanto para los niveles más básicos como para el complejo metabolismo del cuerpo humano. Lo mismo ocurre con los efectos a largo plazo del cobre en los edificios.

Tanto las cubiertas como las fachadas y otros elementos arquitectónicos externos de cobre, desarrollan con el paso del tiempo una pátina protectora que puede regenerarse si se daña. Esto asegura una resistencia a la corrosión y una durabilidad extremas bajo todo tipo de condiciones climáticas. Por lo tanto, no es el cobre sino el sustrato o la estructura de soporte lo que puede fallar y necesitar repararse. De hecho, existen ejemplos de cubiertas de cobre que han cumplido perfectamente con su función durante más de 700 años.

CARACTERÍSTICAS ÚNICAS

El cobre generalmente se aplica como un recubrimiento ligero, que requiere menos estructura de soporte que muchos otros materiales. Con una baja dilatación térmica, los sistemas de cobre diseñados correctamente minimizan los movimientos debidos a los cambios de temperatura, evitando el deterioro y posibles fallos. Además, el alto punto de fusión del cobre asegura que éste no se deforme. Se trata también de un material no combustible (clasificación A1 según la norma EN 13501-1:2007+A1:2009).

El cobre se puede trabajar a cualquier temperatura ambiente, sin llegar a ser frágil en climas fríos o deformarse en climas cálidos. No requiere mantenimiento o limpieza, ahorrando recursos y costes. La interacción de las láminas de cobre con el medio ambiente ha sido evaluada según la política europea en materia de sustancias químicas (REACH), y no tiene clasificación/ restricción.

PRODUCCIÓN Y RECICLAJE

Los productos de cobre para aplicaciones arquitectónicas se producen según las especificaciones de la norma EN 1172, en plantas de categoría mundial con un rendimiento medioambiental estrictamente controlado y rutas de reciclaje consolidadas. Incluyen altos niveles de materiales reciclados – generalmente un 85% o más, con posibilidad de llegar hasta el 100% –, lo que supone una importante reducción de energía y gases de efecto invernadero, y contribuye a la economía circular.

El cobre forma parte del ciclo de metales que se forman en la naturaleza, son utilizados por la sociedad y vuelven a la naturaleza o se reciclan para volver a ser usados por la sociedad. El valor económico del cobre impulsa la recuperación y el reciclaje tanto del cobre como de muchos otros materiales durante el desmantelamiento y la demolición.

MEJORA CONTINUA

El reciclaje de cobre es una práctica consolidada debido a la relativa facilidad, en comparación con otros metales, de reutilizar tanto los desechos de fabricación como la chatarra recuperada de la eventual demolición, así como al incentivo del valor del cobre. El cobre se puede reciclar una y otra vez sin pérdida de rendimiento, ni de ninguna de sus excelentes propiedades.

La industria del cobre – desde la minería hasta la fabricación – invierte en torno al 30% del gasto de capital en mejorar el rendimiento medioambiental. La producción de cobre está en un "Programa de mejora continua" para dar servicio a clientes y asociados, y cumplir con los actuales requisitos políticos y de mercado. La industria está respondiendo a la iniciativa de la Comisión Europea sobre economía circular y espera recibir más chatarra para su reutilización a medida que la economía se vuelve más eficiente en la gestión del uso de materiales, especialmente al final de su vida útil.

CALIFICACIONES AMBIENTALES

Las herramientas de calificación ambiental son importantes para las decisiones de inversión y útiles para analizar toda la cadena de suministro y determinar dónde se pueden realizar las principales mejoras en el rendimiento ambiental de un producto determinado. Desafortunadamente, presentan muchas deficiencias cuando se usan para hacer comparaciones. Para que las comparaciones merezcan la pena, la precisión de la herramienta y la metodología detrás de ella deben ser rigurosas y ecuánimes a la hora de comparar dos productos de composiciones e implementaciones muy diferentes, incluso para el mismo uso.

Para simplificar, demasiadas herramientas utilizan supuestos que no son rigurosos ni ecuánimes, lo que da como resultado comparaciones extremadamente engañosas. Entre los errores fáciles de cometer se incluyen:

  • Comparar la energía y el coste por tonelada en lugar de por m2 de material, representando inadecuadamente a los materiales más ligeros, como el cobre.
  • No incluir coste y beneficios ambientales para la construcción completa de los materiales ligeros.
  • Utilizar estimaciones de vida útil inadecuadas, incluyendo el "uso de energía" para una sustitución innecesaria.
  • No tener en cuenta las prácticas eficientes de reciclaje que se usan en la actualidad.

Nuestra recomendación a los arquitectos es que centren sus comparaciones en: energía primaria; potencial de agotamiento del ozono; potencial de acidificación; potencial de eutrofización; y potencial de creación de ozono fotoquímico. Estas son categorías de impacto que son bien conocidas, globales y maduras, en lugar de otros indicadores comparativos menos conocidos, sin suficiente rigor y erróneos, especialmente en el campo de la toxicidad, el uso de la tierra y el uso de los recursos.

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